4/5/09

EL NACIONALISMO "NATURAL"

Hacemos muchas cosas –muchísimas- de modo inconsciente. Y muchas de las cosas que hacemos inconscientemente –muchísimas- tienden a presentársenos como lo más natural del mundo. Sólo quien los ve desde fuera, distante, está en condiciones de percibir no ya lo que hay en ellas de peculiar –asunto posterior-, sino incluso el hecho de que son peculiares.
Pondré un ejemplo ajeno a la política: nada anima a un diestro a preguntarse por qué los teclados de las máquinas de escribir y los ordenadores son como son. En cambio, es poco probable que un zurdo, antes o después, no repare en que la distribución de las teclas está hecha contra él: las de más importancia se oprimen con los dedos de la mano derecha. Pasa lo mismo con los mandos de los coches: reclaman de la mano izquierda habilidades de importancia menor, por no decir mínima, y al pie izquierdo sólo le asignan un pedal (y en los vehículos de cambio automático ni eso). Sólo un zurdo está en condiciones de notar hasta qué punto la práctica totalidad de las máquinas y los instrumentos –incluídos los musicales- están hechos para diestros.
El diestro no repara en nada de eso. Por una razón muy simple: porque los individuos tendemos a reflexionar sobre lo que nos falta o nos plantea dificultades: no sobre lo que se acomoda a nuestras necesidades o nos viene propicio de por sí. Se suele decir de la libertad y del amor, pero podría aplicarse a todo: sólo nos damos cuenta de su importancia cuando nos faltan.
Quien pertenece a un Estado-Nación –o así lo siente y así se le reconoce, lo que a los efectos de este comentario tanto da- es como el diestro: nada le incita a considerar lo particular de su situación. Tiende a identificarla con el estado natural de las cosas.
El individuo que se siente parte de una gran nación tiende espontáneamente a identificar su especifidad lingüístico-cultural con lo normal. Y aspira a que lo normal, es decir, lo que le rodea cotidianamente, se atenga a sus códigos de interpretación de la realidad. Aunque no tenga conciencia de ello, está hecho a la preeminencia de esos códigos. Un sondeo de opinión realizado a finales de los 80 entre jubilados británicos residentes en la Costa del Sol incluía la siguiente pregunta: “¿Qué es lo que más le molesta de la población autóctona?”. Una amplia mayoría respondíó: “Que no quiera aprender inglés”.
La gran mayoría de los españoles entiende España como una entidad natural, inmanente. Considera que la Historia local que le han contado, que atribuye a los antecedentes la impronta de los resultados –Don Pelayo ya prefiguraba la conquista de Granada, y el Arcipreste de Hita la lengua en la que ahora escribo-, es la verdad misma, y la mera hipótesis de que España pueda ser un precipitado aleatorio, alterable en función de elementos nuevos, le resulta tan impensable como que una buena mañana las montañas pudieran aparecer con la falda para arriba y la cima para abajo. La España que tiene en su cabeza es el espacio de su escenario emocional y siente una aversión instintiva por cuanto pueda alterar ese escenario….y los relativos privilegios que le otorga.
Aunque no teorice su encastillamiento –no lo necesita-, defiende con uñas y dientes ese espacio. Lo defiende tanto de lo que se le aparece como ataques foráneos como de lo que se interpreta como ataques desde dentro; tanto de lo que vive como agresiones externas, con independencia de que no lo sean, o lo sean mínimamente (recuérdese el cómico episodio de la guerra de la eñe) como de las puestas en cuestión internas (de los planteamientos disgregadores sustentados por quienes él ve como malos nacionales).
Nótese que para esta defensa de su espacio, el nacionalista español suele hacer suyos dos discursos simultáneos y aparentemente contradictorios: frente al peligro exterior se muestra victimista, vigilante de su singularidad asediada, celoso de sus particularidades; frente al ataque desde dentro, en cambio, asume una retórica universalista, cosmopolita, ridiculizadora de los localismos “impropios de esta época de superación de las fronteras”. Sonríe displicente cuando oye hablar de la normalización del euskera, pero marcha aguerrido al combate en defensa del toro de Osborne.
Puede parecer contradictorio, y de hecho lo es, pero no más que las dos caras de una misma moneda: cosmopolitismo y localismo se unen en la percepción de su conciencia nacional como modo natural de ver las cosas. Cree vivir en el punto exacto de equilibrio entre la universalidad y el provincianismo.
El integrante de una nación sin Estado –o si se prefiere, de una comunidad no admitida en pie de igualdad jurídica por los grandes- es como el zurdo al que me refería al inicio. No puede asumir su especifidad como algo natural, porque la realidad, sencillamente, no se lo permite: todo le está recordando constantemente su diferencia, su inadaptación. En consecuencia, o acaba por conformarse con su desventaja –de hecho, muchos zurdos acaban desenvolviéndose como si fueran diestros, resignándose a hacer peor muchas cosas- o se cuestiona la realidad circundante. Lo más habitual es que combine ambas posibilidades en una u otra proporción. En todo caso, sea cual sea la medida en que se anime a reivindicar su derecho a la diferencia, lo hará consciente de ella, sabedor de que lo suyo es distinto.
En este territorio reside la gran dificultad ideológica –y por ello política- que presenta el nacionalismo español: no reconoce que sus víctimas sean diferentes. Ve a los periféricos que se oponen a su visión de España –sea porque asumen otro nacionalismo, sea por puro y simple rechazo del nacionalismo español- como malos españoles; españoles inconscientes, alicortos, sin grandeza….pero españoles. No administrativamente españoles; españoles en esencia. Y no de cualquier España, sino de esa España que se remonta a los reyes godos, sigue por la mal llamada Reconquista, avanza a través del Imperio, conquista América, se baña en sangre en Sagunto, Numancia y Zaragoza, expulsa al francés, borbonea, pierde Cuba y Filipinas, se desangra en terrible combate fratricida y ya, por fin, se resuelve en feliz democracia.
Mucho se habla hoy del Estado de las autonomías. El nacionalismo español lo admite –en la medida en que lo admite- como un modo de organización política basado en la cesión de la capacidad de gestionar determinadas parcelas de poder; no como el reconocimiento, así sea parcial, de tales o cuales derechos nacionales minoritarios. De ser este último el caso, el problema nos vendría planteado en unos términos que facilitarían notablemente su resolución.
Pero no es así. Por mucho que aumente el número de quienes se proclaman federalistas, el federalismo español apenas tiene entidad como corriente de pensamiento. Aunque pretendan formalmente lo contrario y lo digan sin parar, apenas hay españoles que crean realmente que España sea una unidad entre iguales y que tan español sea un sevillano como un donostiarra, un madrileño como un gerundense: para la inmensísima mayoría, lo español sigue identificándose básicamente con el tronco cultural castellano-andaluz. Por ilustrarlo con una breve pincelada: pocos españoles tuercen el gesto si alguien califica de españolísima a la guitarra, pero muy pocos dirían espontáneamente que la alboka, la gaita o la tenora son españolísimas. Desde una perspectiva sinceramente federalista, sin embargo, sería de rigor.
La hondura alcanzada por el nacionalismo absorbente y acaparador es sin duda el obstáculo más importante con que tropieza la búsqueda de una fórmula política que permita superar nuestros problemas nacionales. Porque la panoplia de la política tiene pocas armas capaces de taladrar el blindaje de la ideología. Y el nacionalismo español es, en lo esencial, falsa conciencia: ideología pura.
(artículo de Javier Ortiz publicado por HIKA en mayo de 1998)

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